Conóceme

Soy Yolanda, consultora de Mindfulness, facilitadora de desarrollo transpersonal, madre y ex-luchadora contra mi cuerpo.

El programa de renovación de hábitos alimenticios para personas con sobrepeso “Comer con la Cabeza, el Estómago y el Corazón” junto con este blog, son fruto de la puesta en práctica de la tesis que elaboré como trabajo de final de mi formación como consultora de Mindfulness.

Como os cuento en la descripción del programa, esta aventura surgió durante mi formación ante la necesidad de ayudar a un par de amigos a mejorar su relación con la comida.

La inspiración

Mientras estaba pensando en como ayudarles, mi hija Mar, empezó a comer alimentación sólida además de la leche materna que seguía siendo su alimento principal.

Cada vez más, los protocolos de alimentación infantil dejan de lado las papillas y animan a los padres a dar trozos grandes de alimentos, que el niño pueda manipular e ingerir en función de su desarrollo psicomotor. Seguimos las indicaciones del método que se conoce como Baby Led Weaning (BLW) y que se traduce al español como Alimentación Complementaria a Demanda.

Poco antes de que cumpliera los seis meses, cuando ya se mantenía sentada sin ayuda, empezamos a implementar el método y fuimos dandole a probar progresivamente alimentos cocinados de forma muy sencilla, al vapor o a la plancha. Le dabamos trozos grandes que ella era capaz de agarrar con la mano y llevárselo a la boca. Uno de los principios es que, si el niño puede manipularlo, es que está preparado para comerlo.

Con toda la información en la mano y después de haber visto varios vídeos sobre cómo actuar en caso de atragantamiento en bebés y refrescar los ejercicios de reanimación cardio pulmonar por lo que pudiera pasar, confiamos en Mar y nos pusimos a ello.

El resultado fué que Mar empezó a comer sola desde el primer día todo lo que poco a poco le íbamos ofreciendo. Otros bebes más que comer juegan con la comida y la experiencia en sí ya es un aprendizaje, con la tranquilidad de que la leche materna sigue estando ahí como sustento principal, pero Mar comía con fruición todo lo que le íbamos dejando en la bandeja de la trona.

Fue muy gratificante ver cómo tu bebé se alimenta por sí sólo y podíamos cenar los tres juntos en la mesa, cada uno gestionando su propia comida. Este tipo de alimentación ofrece a los niños autonomía, muchas posibilidades de explorar sabores, texturas, colores, olores y de desarrollar muchas capacidades sensoriales y psicomotoras. Mucho más enriquecedor que el único sabor de la papilla y dejar que te metan la cuchara en la boca.

Así fue como experimenté, a través de mi hija, la forma más sana y genuina de establecer una relación sana con la comida. Disfrutando de ella, poniendo toda la atención en la experiencia, contactando con las sensaciones corporales y dejando de comer cuando llega la sensación de saciedad. ¿En qué momento perdimos esa capacidad? ¿Cuales fueron los factores que nos alejaron de eso?.

Mi historia

De pequeña mi madre me contaba que cada quince días me llevaba al pediatra porque había cogido un empacho. Hasta que no me rebosaba literalmente la papilla no dejaba de comer.

En uno de los ejercicios para sacar cuestiones condicionantes del inconsciente a la luz, que he hecho en mi camino de crecimiento y autosanación personal, tuve una visión muy esclarecedora. Me vi a mi misma de bebé en la trona y a mi madre dándome la papilla. En ese momento fui consciente de que lo que yo quería era que mi madre estuviese conmigo y mientras tuviese papilla en el plato para darme, estaría allí. Así que comía y comía para alargar ese momento de atención. También caí en la cuenta de cuanta “hambre de madre” sufrí en mi infancia por ser hija de madre que trabajaba también fuera de casa.

Fui creciendo y vinieron los problemas de aprensión. No me gustaba la carne, me daban asco los muslos de pollo y en mi casa, como en la de muchos, “lo que se pone en el plato se come”. Para comer, para merendar y si hace falta para cenar. Recuerdo momentos traumáticos de cuando mis padres querían “enseñarme a comer de todo”.

Mis padres, como muchos otros de su generación, con sus memorias de escasez de posguerra y de educación en buenos modales, intentaron inculcarme como supieron ciertos hábitos con los que siento que he tragado durante toda mi vida. Incluso cuando fui mayor y ya no me tenía que comer a la fuerza un trozo de pollo, al menos, en el plato de paella.

Siempre he pesado, en mayor o menor medida, más de la cuenta. De media diría que siempre he vivido con diez kilos de más. A los 9 años tomé la comunión y oía comentarios hacia mi madre que yo percibía perfectamente en detrimento de mi autoimagen, que le decían “¡le vas a tener que comprar un traje de novia!”. Ahora veo fotos de entonces y no veo a una niña gorda, de mayor complexión que otras, pero nada que se saliese de lo normal. Sin embargo esa grandeza empequeñecía mi autoestima.

Siento que toda mi vida he estado empezando el régimen y aunque en ocasiones he conseguido adelgazar notablemente, ha sido haciendo un esfuerzo temporal. En cuanto me veía bien dejaba el régimen y volvía a los viejos hábitos en los que la comida me evadía del caos de la vida con mis padres, llenaba momentáneamente un hueco de insatisfacción, de ansiedad y de no estar en paz conmigo misma.

Esto siguió así incluso después de salir de casa de mis padres y poder elegir sin condicionantes la comida que quería comer cada día. En esa época el estrés y el trabajo suponían un nuevo handicap.

En mi vida laboral he salido muy a menudo a comer con clientes en restaurantes en los que pedirte una ensalada verde con una tortilla francesa estaba totalmente fuera de lugar. Los viajes, las reuniones de trabajo, los congresos, los cursos de formación en España y el extranjero, etc. hacían que llevar una dieta equilibrada y un horario de comidas razonable se hiciese muy complicado.

Además el estrés me hacía comer de más y justificaba que, después de todo el día cumpliendo con obligaciones y expectativas de otros, no quisiese ponerme restricciones sobre lo que tenía que cenar para compensar los excesos del día; “¡Sí hombre!”. Veía como era capaz de conseguir todo lo que me proponía en la vida, menos mantener un peso saludable y aquello echaba abajo en cierta medida mi sensación de logro.

La solución

Fue una situación de alto nivel de estrés laboral mantenido durante demasiado tiempo, el que me hizo buscar recursos para salir de aquella espiral que ya no me dejaba dormir, ni vivir. Fue entonces cuando recurrí al Reiki y encontré una vía de armonizar mi cuerpo, relajarme y empezar a dormir mejor.

Después descubrí la programación neurolingüística y aquello me abrió una puerta a otra dimensión, la del inconsciente. Aquello supuso para mí un viaje al interior de mi misma en el que fui descubriendo y comprendiendo muchas cosas sobre mi y muchas herramientas para reprogramar mis esquemas mentales.

Una cosa llevó a otra y decidí que necesitaba un experto que me ayudase a sacar del inconsciente aquella información sobre mi, que necesitaba sacar a la luz para acabar de encajar el puzzle. ¿Cómo iba a solucionar yo sola cuestiones sobre mi y liberarme de creencias limitantes si no era consciente de ellas?. Fue entonces cuando participé en la terapia de autosanación El Juego de la Atención”, que Marly Kuenerz, psicóloga clínica y terapeuta transpersonal, ha llevada a cabo durante más de 17 años con excelentes resultados. Fue ahí donde pude encajar las piezas del puzzle y ser consciente de dónde me venía, entre otros, mi problema de estrés. Ese curso terapéutico fue una sucesión de clics mentales, de darme cuenta de los condicionantes con los que había cargado desde mi infancia. Marcó un antes y un después en mi vida.

Después de haber encajado, momentáneamente todas las piezas del puzzle, al menos casi todas las que en ese momento tenía encima de la mesa, fui consciente de que la madre del cordero, la llave para una vida feliz y plena, es el saber vivir con atención plena cada momento. Fue así como llegué al Mindfulness y dejé de correr detrás de mis metas.

Todo lo que había deseado y que era importante para mi vida estaba ya en mi mano; un marido ideal, éxito profesional, armonía en lo social, paz en lo familiar y una hija en camino. Poco a poco el Mindfulness fue calando en mi y la vida se fue haciendo más fácil. Fue tomando otro cariz, más profundo, más amplio, más consciente. Dejé de luchar contra los elementos para modificar lo que no me gustaba de afuera que me chirriaba por dentro y fui encontrando la calma y la paz cada vez que aceptaba las cosas tal como eran. En ese camino sigo…

Después de un embarazo complicado, tuve un parto estupendo y aquello me conectó poderosamente con la grandeza de mi cuerpo, con esa máquina perfecta que tantas veces había maltratado y desatendido. Algo capaz de hacer cosas tan bellas y perfectas como la niña que gatea ahora entre mis piernas. Capaz de acogerla, protegerla, amarla y darle todo lo que necesita, incluido el alimento ideal.

Comencé a honrar mi cuerpo, cosa que hasta ese momento nunca había hecho. Seguía teniendo tripa después del embarazo, la pelvis todavía desencajada me dolía, no podía dormir de lado y me sentía molesta por las secuelas del parto, pero ya no me quejaba como cuando estaba embarazada. Observaba los cambios y simplemente comunicaba mi malestar a mi paciente marido, que siempre estaba ahí y siempre está para sostenerme.

Me daba igual seguir usando ropa de embarazada, me sentía cómoda y me veía con ojeras de no dormir lo suficiente, pero con una sonrisa radiante de felicidad colmada por esta familia amorosa de la que disfruto cada día.

Uno de mis problemas durante el embarazo fue el hipotiroidismo. Cuando el endocrino me dio el alta, me dio también una dieta de 1800 Kcal compatible con la lactancia que no seguí. Simplemente acepté mi cuerpo, dejé de querer hacerlo caber en un plazo de tiempo en mis vaqueros de antes y agudicé mi autoescucha para poder ir dándole lo que me iba pidiendo cuando lo iba necesitando.

Poco a poco, con ayuda de la lactancia, la meditación, la integración de las actitudes Mindfulness y la práctica del comer atento, fui perdiendo peso y sé que llegaré al normopeso. Estoy en el camino, sin sentir privación, eligiendo conscientemente opciones saludables que me sientan bien ahora y en el largo plazo. Vivo esto como la transformación corporal consecuencia de una transformación personal y espiritual, que como tantas otras que he iniciado en este proceso de desarrollo transpersonal, ya no tiene vuelta atrás.

Paradógicamente, este problema insalvable de sobrepeso que me ha acompañado toda la vida es el que fundamentalmente me ha capacitado para llevar adelante este programa. Hacerlo desde mi experiencia vital es clave para poder ponerme en la piel de los que han llegado a esta situación y quieren salir de ella.

Me atrae también especialmente este tema del sobrepeso y la obesidad porque muchas veces aplicamos el Mindfulness en otros problemas, aparentemente menos tangibles, como el estrés ,¿quien no está estresado en mayor o menor medida hoy en dia?, pero hablando de sobrepeso el problema se vuelve muy tangible e impacta también de forma muy evidente en nuestra salud.

​Creo que he llegado hasta aquí siguiendo una llamada y me mantengo a la escucha, atenta y consciente, convencida de que este es hoy por hoy mi propósito vital.

Formación

Licenciada en Ciencias de la Imagen por el CEU San Pablo.

Consultora de Mindfulness por la EDT (Escuela de Desarrollo Transpersonal) y la Universidad Miguel de Cervantes.

Formada en psicología transpersonal por la EDT y Marly Kuenerz, en Programación Neurolingüística porGustavo Bertolotto, en constelaciones familiares por Brigitte Champetier.

Relacionada con el mundo de la salud desde el 2004 a través de la industria farmacéutica, especialmente en las áreas de dermatología y dolor crónico, en mi trabajo como jefa de producto y jefa de ventas.

Me considero autodidacta en muchos sentidos.


Gracias por haberte interesado en mí, espero que te haya gustado y sirva para el inicio de una bonita relación.

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